miércoles, 27 de febrero de 2013

Décima por presentación

Gabriel Huentemil Ortega,
con justas 22 letras;
por que soy un gran poeta
no me busquen la refriega.
Con tesón y con entrega
cantar será mi destino,
payo y canto con tino
lo hago como el mejor,
no tan sólo soy cantor,
soy poeta puentealtino.

jueves, 21 de febrero de 2013

lunes, 18 de febrero de 2013

La Duquesa


Miro la hora, las manecillas verdosas y fosforescentes del reloj pulsera en mi velador dicen que son pasadas las cinco de la mañana. El teléfono sigue sonando y alcanzo a contestarlo, aún un poco dormido.
- Aló – Se oye la voz más bella que conozco, femenina, suave; casi como una caricia.- Soy yo, la duquesa.
- Hola, ¿Qué hay?
- Estoy abajo, te lo cuento en el camino.
Así es ella, siempre tan misteriosa y encantadora. Gran parte de su atractivo es que siempre está haciendo algo por los demás, los chicos del club la adoran por que les alienta constantemente y les apoya en todo lo posible. Debo decir bastante agradecido que yo no he sido la excepción.
No me había percatado de lo difícil que es bajar las escaleras de mi edificio a oscuras, a estas horas suelo volver, pero salir lo hago rara vez. Doy más de algún tropezón en mi camino.
Cierro con mucho cuidado el portón de salida. Allí está la duquesa, una joya montada en otra joya, le encantan los autos clásicos y hoy ha venido en uno. No tengo mucha idea de autos, pero es precioso y me inspira lo mismo que ella a mí. Me subo apresuradamente.
Antes de saludarme dice: - Es un MG-B, versión GT. Así pasa seguido, quizá telepáticamente sabe las cosas que quiero preguntarle y nos ahorramos algunos minutos en la vida.
- Me encanta- Respondo.
- Tenemos que ir a ver a Pris, algó le pasó. Me llamó su casera hace un rato por que está montando un buen escándalo en su estudio. Lanzó algunas cosas del quinto piso hacia abajo, hay que ver como podemos calmarlo. Ojalá no rompa otra vez el alto, ya ha roto 5 en lo que va del año.
- ¿Se habrá topado con Shirley de nuevo?
- Sospecho que sí, la he estado llamando y no me contesta el teléfono ni está en casa, creo que huele que hizo algo mal y está escapando de nosotros.
La duquesa pisa el acelerador y conduce de forma bastante agresiva, pero verla haciéndolo inspira gran tranquilidad. Siempre tan elegante y compuesta en sus formas, hoy se ve radiante.
Me gusta la noche, tocar sin sol es lo mejor que hay, la mente se despeja y la conexión contigo mismo está a tu total alcance. Entras practicamente en un trance y las notas salen por sí solas. Pris me hizo ser consciente de eso y de muchas otras cosas relacionadas con el jazz y el bebop, estoy a años luz de sus capacidades y le veo como un maestro. 
Desde que rompieron con Shirley su salud mental está bastante extraña, se ha puesto inestable y musicalmente un poco errante y sin rumbo. Así son las mujeres hoy por hoy, no reconocen ni respetan a un genio aunque lo tengan encima. Menos mal la duquesa no es así. Es una de las pocas personas que no se aleja cuando las cosas están mal, la gente suele compadecerse cuando te rompes un brazo o una pierna, cuando te fallan los riñones o tienes cáncer de lo que sea, pero si la enfermedad es cerebral, la empatía desaparece de inmediato. La Duquesa adivina el futuro, sabe ayudarnos a todos. A los que consumimos heroína y a los que no, a los que alucinamos y a los que no, a los que somos buenos músicos y a los que no, en fin a todos; creo caber en todas esas categorías. Soy bastante ambivalente, pero Pris parecía tener todo claro, diáfano como el cristal.
Pris ha perdido el sentido de su vocación, el mensaje que nos traía. Se ha quemado por dentro y ya no es el mismo. Se dejó inundar por la tristeza y eso mismo, inalcanzable e inexplicable para nosotros, lo hace ser tan especial a oídos de todos. Hay que estar bien preparado para escucharlo tocar saxo, en sus manos es una herramienta poderosa que te levanta al cielo.
Entramos a su estudio, pequeño departamento donde solamente cabe un soltero.
- Ve por el saxo, yo haré que se calme.- Me dice casi en un cuchicheo la Duquesa.
Al verla Pris instantáneamente se tranquiliza y la abraza como si hubiesen pasado miles de años sin  verse. Voy en busca del Felmer, un modelo exquisito y dócil hasta para un novato, con presencia y gran tesitura armónica.
Miro en todos lados, no hay muchos escondites ni lugares rebuscados donde otear. El saxo, definitivamente, no está.
Le hago unas señas a la Duquesa para darle a entender que el instrumento brilla por su ausencia.
- Pris, ¿Qué hiciste con el instrumento que te conseguí? –Pregunta la Duquesa en el modo más conciliador.
- Vino el diablo a buscarlo, se lo llevó a cambio de dejar intacta mi alma.

jueves, 14 de febrero de 2013

Sonrisa luminosa


- Según el dato que me dieron es esa casa amarilla al final del camino.
- Que bien, que bien… que bien.
- Llevamos caminando casi dos horas, fallé en mi cálculo.
- No importa, conversando se me ha hecho corto.
La miré y me regaló esa sonrisa llena de energía que ella tiene. Esa transparente, inocente y perfecta sonrisa que me vuelve loco y hasta me convence de creer en Dios.
Estoy cavilando sobre ello cuando sin darme cuenta doy un par de golpes a la puerta, sale con cierta tardanza un caballero a quien ostensiblemente le falla la vista.
- ¿Qué quiere?
Percibo su molestia y su agresividad de inmediato, le explico que he sabido que es cantor popular, que me gustaría conversar con él un rato y tratar de registrar algunas cosas para que sean accesibles a todo el mundo. Junta los párpados y me mira con seriedad.
- ¿Quién es ella? Me pregunta.
No tengo tiempo de responder y ella se presenta y oscurece al sol con su fulgurante sonrisa, el caballero que tan hosco había sido nos hace pasar en el acto y con gran amabilidad nos sirve jugo de frutas.
Y se largó a hablar, a ella más que a mí. De sus inicios, de su juventud, de sus poemas y melodías, en fin, de todo lo que con gran esfuerzo trataba yo de recabar del recuerdo y vivencias de otros a los que en soledad había visitado. Ella le conversa amenamente, está en realidad interesada en el humano que hay detrás del poeta y músico.
Pasa el tiempo y saca una guitarra grande y se larga a cantar, ella le entona los versos que le he enseñado pero se excusa de tocar.
- Este canto es de hombre y yo eso lo respeto.
- Cante Ud. algo, me dice apuntándome con la pala del instrumento.
Preparo los dedos, reconozco el mástil. Siento el tacto de las cuerdas, arreglo la garganta y me lanzo. Un verso por historia, más específicamente del Rey Baltasar y la interpretación de un misterioso escrito realizada por el profeta Daniel. Escucha con respeto y al parecer mi voz le trae remiscencias tristes.
Concluyo mi canto y hago una despedida agradeciéndole su hospitalidad, con la intención de dejarlo descansar lo que queda de la tarde.
Se lleva las manos a los ojos y casi sollozando le dice a Yoli que ese preciso verso cantaba su hijo, fallecido ya, y que mi forma de cantar se asemeja mucho a la de él. Que fue hace mucho tiempo, que el río se lo llevó y a pesar de los esfuerzos que hizo solamente encontró un cadáver y ya nada más pudo hacer, fue un mero espectador de la escena.
Me pide el instrumento, me acerco y se lo entrego.
- Yo les voy a enseñar unas melodías que nadie más se sabe, ni el mismo diablo, ya van a ver. Ese se llevó a mi hijo por que le gané tocando.
Y así, compartimos con él muchas horas más.
Nos retiramos del lugar con una mezcla de congoja y felicidad producto de las cosas que nos contó y de las valiosas enseñanzas que nos regaló.
- Que pena que esté solito, apenas se la puede para mantenerse. Observa Yoli con una vocecita triste.
- Me encantaría ayudarlo. Respondo.
- ¿Vengamos a verlo de nuevo?
- Te iba a sugerir lo mismo.
Termino de decir la frase y ella me fulmina con su sonrisa prístina que sería la envidia de cualquier diosa griega y me da un cálido beso en la mejilla.
Tomo su mano y rehacemos camino.
Para conversar con estos caballeros se necesitan dos cosas: talento y una gran sonrisa que lo ilumine todo.

lunes, 11 de febrero de 2013

Zombies


Habíamos sido avisados por las películas, por las series y de tantos otros modos. El tema estaba gestándose en la mente de todos, era parte del insconsciente colectivo y por lo mismo un temor constante.
Pero finalmente pasó. El apocalipsis zombie llegó y vino para quedarse.
Se esparcen por las calles y llegan a todo punto posible. Son en extremo ágiles y rápidos, tienen capacidad de organizarse y agruparse para conseguir alguna meta. Distan mucho de cómo les pensábamos, la mayoría a simple vista parece normal: común y corriente. Si los observas a la rápida pensarías que hasta vivos están, pero no es así.
A diferencia de lo que sucede en las mega producciones cinematográficas nadie notó el estallido, pocos corrieron a esconderse y en realidad hasta podemos convivir con los muertos vivientes. La forma de contagio es menos agresiva, la mordida es sutil y no deja marcas de ningún tipo ni compromete en modo alguno las funciones vitales de un cuerpo. No hemos caído en ningún tipo de guerra civil, no hay que huir ni estar en permanente vigilia.
Los alimentos están al alcance de la mano y no se debe lidiar con los horrores que habíamos alcanzado a imaginar, a veces es posible disfrutar de aire fresco; el olor a podredumbre es disimulado por aromas de otro tipo.
Sin embargo, están allí. En nuestras familias, en nuestro vecindario, en los lugares en que estudiamos. Es decir, en lugares conocidos y en lugares por conocer.
Su ataque no es una mera cosa de saciar el hambre para continuar con su vida sin sentido, no quieren nuestros cerebros; es más, los desprecian. La pelea a fuerza bruta no es ni siquiera necesaria pues tienen otros medios más refinados para hacerse notar y poner en nuestro conocimiento su voraz ambición de destrucción.
Desafortunadamente no son conscientes de sus actos, por lo que tampoco sería correcto de nuestra parte condenarlos por ellos. Algunos de los zombies en ocasiones aportan bastante a la sociedad y contribuyen como todo ciudadano respetable. No es algo que, en efecto, dure demasiado. La infección es irreversible y de un nivel de contaminación atroz y tan elevado que la medicina tradicional no da aún con una cura de efectividad total, pero se rumorea que se trabaja a toda máquina para obtenerla.
El contagio es rápido, demasiado diría yo en comparación con otros tipos de enfermedad viral. Basta compartir un par de conversaciones con ellos, toparse con uno de estos sujetos en algún lugar público y queda en evidencia de inmediato como quienes les circundan pierden lo que les hace humanos.
Ocupan puestos de alta jerarquía en muchas empresas, hacen clases, deciden el destino del país, toman las riendas de la humanidad y poseen capitales que invierten para continuar con su ola de contagio.
Si intentas salir de sus círculos o buscar estrategias para no caer en su pálido mundo te persiguen de cualquier forma. Se solapan bastante bien en la sombra de lo que antes era la ética y la moral.
Yo, que tengo la habilidad para saber quienes podrían ser parte de esa fauna tomé la opción de no mezclarme con ellos. No obstante, es difícil evitarles. Pueden aparecer en cualquier parte, es más, a veces a más de alguno le he tomado cierta estima. Y ahí está el peligro, no se les puede acabar con inutilizar su cerebro; otros zombies alegarán que es un atentado a los derechos humanos o acusarán discriminación y habría problemas legales. En ocasiones escriben correos o toman el teléfono y te amenazan. Los gruñidos han quedado en el pasado, ahora saben armar discursos intimidatorios y acosarte. Por las noches es mejor no salir, pero si es de día puedes fingir ser uno de ellos y te dejarán en paz.

viernes, 8 de febrero de 2013

Carencia de musas


- ¿Y cómo fue educarse allí?
-Bueno, tú sabes que uno de los lugares, de los colegios, donde más y mejor identidad hay es ese. Es increíble que en cualquier parte del mundo, y en toda ocupación hay un institutano.
- Supongo que allí conociste a los primeros poetas.
- Estás en lo correcto, de hecho recuerdo que en el ALCIN recorrimos toda la obra de Whitman. De hecho tomé un libro prestado de la biblioteca del Instituto, libro que jamás devolví. Lo leí cuando tenía unos catorce o quince años. Fue sorprendente de principio a fin, ese libro me sirvió mucho.
-  ¿Para algún efecto en particular?
- Para reconocerme, para saber quien era en ese instante. Uno a esa edad está recién conociendo el mundo, se sabe incompleto y está expectante.
- Hay frases notables de Whitman.
- Me quedo con esta, que me remeció por varias semanas en que la analicé. “Lo más común, vulgar, próximo y simple, eso soy yo”.
- Es una declaración estentórea.
- Es mística, tiene un gran contenido y te desnuda.
- Tú lo has dicho, justamente eso. Y pensando en el contexto del escritor es…sublime, de una inspiración tremenda. ¿Qué es la inspiración, cómo llega?
- Me recordaste a Víctor Hugo, el define genio e inspiración como casi la misma cosa. Genio e inspiración son sinónimos para él. Yo no sé si la genialidad existe, pero si sé que para inspirarse se requiere de una musa. Un hombre no está completo, no sabe de la vida hasta que conoce a una mujer, hasta que la respeta. Hasta el momento en que no cuida el amor de una dama, un hombre no logra ser épicamente un caballero.
- Hermoso pensamiento, ¿Cómo aplicó esto al joven poeta que había en ti?
- En mi vida he tenido tres grandes amores si a mujeres se refiere. El primero lo viví cuando aún estaba en el colegio. Siendo el primero fue el más intenso, el más corto, el menos comedido.
- El típico amor juvenil.
- Claro, que tuvo mucho de idealización. Ahí empecé a escribir, me lancé a las letras. Recuerdo que le ofrendé un poema, uno de los primeros; muy nervioso. Me acerqué, hice todo un ritual.
- Muy valiente, una prueba a tu talento.
- Claro, pero la respuesta fue un atque de confetti en mi cabeza. Lo destrozó y me lo lanzó encima. Nunca me volvió a hablar después de eso, creo que esa fue la muerte por suicidio de la primera musa.
- Pero continuaste…
- Digamos que sí, seguí escribiendo pero de amor muy poco y casi a escondidas. Y me costó mucho retomar el ritmo que llevaba, digamos que iba despegando y al tomar la altura adecuada los motores estallaron.
- La segunda musa, ¿Cómo llegó?
- Ella era músico, debo decir que la primera vez que me enamoré de verdad fue de ella. Fue una relación corta, intensa, fuerte, zigzagueante. La recuerdo con mucho cariño, a pesar de que pasaron cosas horribles para ambos y de las que mucho tiempo después vine a conocer autor. Bueno volviendo a rumbo, ella fue la musa que más y mejor me inspiró, indirectamente y sin saberlo, en la distancia.
- Eso requiere más detalle.
- Digamos que una vez que nos distanciamos me reencontré con el escribir a mano, con dejar el computador. Volví a ser prolífico y a escribir por el gusto de hacerlo. El perderla reactivó energías en mí que creía perdidas y no solo en la literatura, en varios ámbitos creativos. Esto fue ya cercano a los treinta años, como dijera Picasso: lleva tiempo llegar a ser joven.
- ¿Dirías tú que tu desarrollo fue tardío?
- Para todo hombre lo es, cuando creemos estar en etapa adulta seguimos jugando; pero con mayor seriedad. Como te decía, la pérdida, el dolor y el sufrimiento de la distancia con la musa es lo que realmente abre el paso a la adultez.
- La segunda musa, ¿Fue la más importante?
- Siempre lo será, y un rinconcito en mi alma siempre guardaré para ella. Le debo todo lo que soy hoy, aunque ella tal vez no tenga idea alguna sobre ello.
- ¿Y la tercera?
- Ese es un tema largo, sinuoso.
- Conversemos de eso después de comerciales.

martes, 5 de febrero de 2013

Maestro Segundo


Llegué a la casa ansioso, alterado, acelerado con aquélla grabación. Mucho tiempo de búsqueda y de preguntarme si algo así existía, décadas sin saber que lo que le da sentido a mi espíritu, es decir, el canto a lo poeta, perteneció algún día a mi familia. Mi bisabuelo, fue un gran cultor en sus ratos libres, cuando no estaba dedicado a su oficio de zapatero ni a cuidar el rancho del que era inquilino.
Yo que le ví, acabado, distante de todo y de todos en una silla de ruedas. Sin poder esbozar palabra ninguna, el único contacto que tuve con él fue haberme acercado escasos segundos cuando lo sacaban al patio. Si no era mi bisabuela la que me apartaba con gran brío de su lado, era alguna de mis tías. Rara vez pude mirarlo a los ojos y contemplar esa añoranza por el pasado, dialogar con él imposible, hablar de igual a igual impensable.
Yo era muy chico, el falleció cuando yo tenía seis años recién cumplidos. Un Diecinueve de Septiembre, recuerdo haber escuchado a alguien mencionar que tocaba vihuela muy bien, que sabía muchos versos ¿Dónde están la mayoría? Bajo tierra como él.
Pero no todos, logré conseguir uno. Uno solo, y quien sabe de que hablará, por primera vez en mi vida voy a escuchar la voz de mi bisabuelo. Cuesta mantener el pulso y enganchar el cassette en su lugar. Presiono la tecla de play y los segundos de ruido blanco antes de que la grabación propiamente tal empiece, me parecen siglos. En ese intertanto recuerdo el aroma del pasto en la cancha de fútbol frente a la casa, también de que algún día le regalé un coyac y que tengo una foto en que ambos aparecemos chupando un dulce. Su chupalla desteñida, unas fotos del matrimonio de mis padres – Él nos dio los parabienes, dijo mi madre alguna vez, yo no tenía idea del significado de la palabra -, cuando a mi hermano lo mordió un perro en casa de mi bisabuela, las humitas con que nos premiaban por portarnos bien que salían de todas partes.
Del tío abuelo Santos Muñoz, que algún día también me cantó algo en una guitarra desafinada. ¿Por qué mi memoria guarda en detalle cosas sin valor y pierde la sustancia de lo que aprecio?
Comienza el verso, la melodía la reconozco. Los floreos que usa casi se acercan al virtuosismo, el lleno de su voz me pone los pelos de punta. Ese toquío está precioso y me va a costar sacarlo fielmente, pasa de un acorde a otro con gran fluidez y, cosa rara, sin repetirse en los adornos. Nunca había escuchado a alguien cantar esa melodía tan alta, a lo más en DO, él la canta en MI. Busco alguna anotación en el cassette, aparece un nombre que ya he escuchado, aquél con el que se presentaba como pseudónimo. Sin duda, intraducible para el resto de los mortales.
El verso es un pajarero, la cuarteta así lo dicta. Me gusta su sonido metálico, casualidad o genética, es el sonido que siempre me ha gustado en los guitarrones. Precioso, preciso y económico en usar los manojos. Gran estilo, como era el de los antiguos. Con garbo y seguridad, pero sin ser excesivo. Con un pulso relajado, con carácter y respirando en cada fraseo.
Pájaros por miles desfilan en su discurso, cada uno con una habilidad valiosa para el campesino. Que sabiduría más bella, que conexión con la naturaleza.
Yo quizá no soy muy bueno, yo quizá no sé la mitad de los versos que él supo, pero la emoción y la motivación está. Tengo toda una vida para homenajear este talento. Ojalá hubieran sido mejores las condiciones y me hubieses tú enseñado, pero aunque sea con este verso de apenas ocho minutos me has entregado años de tradición y de canto campesino. Te lo agradezco en demasía, creo que a partir de hoy he descubierto quien soy y la misión de mi vida. 
Dios te cuide Pedro Muñoz Barrera, Maestro Segundo.