Fueron semanas en que tuvo el lienzo, prácticamente, escondido. Fuera de su vista. Oculto, aunque no quería reconocerlo, detrás de obras que no eran urgentes, importantes, exigentes en lo artístico o, simplemente, atractivas para él.
Cada mañana recordaba la
severidad de su mecenas al pedirle avances.
Al mediodía les costaba comer el
más mínimo bocado, la garganta se le apretaba.
Por las tardes se recriminaba su
falta de disciplina.
Por las noches, solo por calmar
la conciencia, se castigaba un poco, de la boca hacia afuera, lanzando insultos
cuando se miraba al espejo antes de ir a la cama.
Esto se transformó en su rutina.
Evitaba, por tanto, salir del
taller. Salvo que fuese estrictamente necesario.
Compraba lo indispensable en el
pueblo y volvía a recluirse con gran diligencia.
A tanto llegó el encierro auto
impuesto que su mecenas pensó, faltando solo un par de jornadas para la entrega
del proyecto más importante de la carrera del pintor, que la muerte del
talentoso artista era una realidad concreta.
Acudió a visitarle.
En el taller el silencio era casi
absoluto.
Ante la quietud reinante el
mecenas entró, sin golpear la puerta.
Allí estaba el pintor, dedicado
de lleno a la tarea.
Parecía más productivo que nunca,
pintando a toda prisa.
Desplegaba una paleta de colores
exquisita, con matices y texturas del todo realistas, consiguiendo movimiento y
calidez en sus trazos, plasmando en la tela una increíble postal, igual de
genial que espeluznante.
Apenas sintió la ajena presencia,
el pintor espetó: “No recuerdo desde cuándo, pero un espíritu desconocido está
guiando esta mano mía”.
En seguida, con todo el peso de
su cuerpo, el pintor se estrelló contra el piso en un desmayo tan aterrador
como su póstuma obra maestra.
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