Mi forma de pelear, no lo sabía
en esa época, era la misma que mis ancestros tuvieron. No sabía lanzar golpes,
levantar guardia o hacer esas ridículas coreografías que mis camaradas tenían por ritual antes de asestar el primer puñetazo.
Solo me quedaba esperando a mi
rival para tomarlo del pecho y arrojarlo al suelo en un movimiento
perfectamente coordinado que le dejaba sin opción de defenderse. La cuarta vez
que me hicieron ir a inspectoría, antes de castigarme, la autoridad a cargo del
orden me señaló que así, justamente, era como peleaban los mapuche.
Eso, junto a las clases de box
que me obligó a tomar mi padre, pensando, erróneamente, que me darían
escarmiento al integrarme con chicos, en promedio, cinco años mayores que yo,
me transformaron en una amenaza inclasificable para mis compañeros de colegio.
Me veían pequeño, silencioso,
desafiante, misterioso y, gracias ello, me salvé de sus arteros ataques. Los
pocos que lo intentaron terminaron en enfermería con más de alguna herida,
desacreditados por los maestros que no podían concebir que un niño tan diminuto
pudiera derrotar a otros tanto más grandes, nutridos y de cursos superiores. En
algún momento dejaron, siquiera, de intentarlo.
No obstante, mis técnicas de
lucha eran vulnerables a la discriminación, el racismo y las ofensas por tener
un apellido de “indio”.

