No estaba contento…
Me preocupaba mucho el negocio, el productor salió de su jaula para
apresurarnos y el Cotorra no aparecía por ninguna parte. Que le llamáramos, que
lo fuéramos a buscar, que apareciéramos por su casa. Maldito productor hijo de
puta. ¿Después de cinco discos no sabía cómo actuaba el Cotorra?
Y yo, como siempre, solo por ser el maldito saxo alto de esa improvisada
banda tuve que asumir de director. Detesto hacerlo, pero, al menos, me pagarían
unos cuantos morlacos más por eso.
Hice unos arreglos simples, nada pretencioso, notas largas que dejaban
respirar a la música y que podían ser contundentes cuando fuera necesario. Todo
mundo sabe que lo mío no es la rapidez, pero en precisión y uso de los matices
soy el mejor. Años de tocar con los mejores te hacen, salvo que seas un maldito
burro o un sordo, experto en algo. A mí el creador me premió con eso, con poder
bajar al pianísimo más inaudible y luego reventar los témpanos con el fortísimo
más atronador.
Los muchachos tampoco estaban contentos…
Muchachos digo como una expresión, yo era el único
mozalbete en ese grupo de existencialistas, filósofos y profesores que habían tenido
que dedicarse a la música porque el gobierno les había exiliado de sus
funciones por pensar distinto. Tenían que callarse mucho por su origen mestizo
y porque las ideas revolucionarias no eran bienvenidas. Partiendo de la base de
que nuestra música era basureada, demasiado incomprensible para la población
gazmoña y arribista de esos tiempos.
Comprendía su insatisfacción. Todos éramos
mercenarios en esa sala. No íbamos a tocar por gusto, era un mero trabajo.
Incómodo, del sistema, sin sangre, muerto. Pero había que hacer dinero. Y el
idiota, el genial imbécil de Cotorra, nunca había entendido bien cómo funcionan
las manos invisibles de los clubes, los estudios, el marketing o la mera
supervivencia. Si no grabábamos pronto, nos despedirían.
Finalmente llegó. Unas cuatro horas después de lo
acordado. Haciendo bromas malas, chistes sacados de alguna tira cómica y con
una pistola de agua en la mano. Cuando comenzó a leer los arreglos empezó a
payasear con que no los comprendía. Que las líneas melódicas no tenían
desarrollo, que las percusiones eran muy predecibles, que esto, que lo otro.
El productor estaba cabreado, pero de alguna forma
interesado en Cotorra y en su discurso. Yo ofendido, casi que en un rincón.
Decidí girarme en la silla y estudiar escalar mientras él obstinado, rayaba con
su lápiz grafito todo, borroneaba por aquí, borroneaba por allá.
Los nervios del productor colapsaron, se notaba en
su mirada que ya estaba mosqueado. Sacó un cigarrillo (no estaba
permitido en el estudio) lo que nos alentó a todos a hacer lo mismo. Apuró las
bocanadas y me dejó a cargo, el desgraciado se fue y nos abandonó, no sin antes
dejar todo listo para presionar un botón y comenzar a grabar.
Cotorra estaba contento…
El gordo infeliz reía y reía. Cuando por fin se
compuso, hizo una seña de silencio con la mano, como para provocarnos. Se metió
la mano en las faltriqueras del saco y fue repartiendo, uno por uno, un fajo de
billetes a cada miembro de la banda. Batería, contrabajo, tenor, marimba, trompeta y a mí. Se dejó dos para él.
Abrió la puerta y se cercioró de que el productor
no se hubiese quedado en alguno de los pasillos. Disparó con la pistola de agua
al aire y antes de que el líquido llegase al nivel de su cabeza se bebió el
chorro de un salto. El olor a whisky se hizo patente, eso y el humo del
cigarrillo nos hizo sentir como en uno de los clubes. Apagó varias de los focos, pulso el botón de grabar, con lo que las luces rojas de silencio
comenzaron a funcionar, y dijo:
- Vamos a grabar el maldito jingle, pero antes de
eso vamos a grabar un tema que preparé, se llama Horas extras.- Dijo burlón,
sabiendo que su pantomima había trabajado a la perfección, porque, con todas su
excentricidades, el Cotorra consiguió que nos pagaran sobre tiempo. Se sentó al
piano y tocó como una bestia, con mucho shuffle, con tremendo feeling y
haciendo unos fraseos endemoniados que solo él podía hacer.
El estudio fue, por doce horas, totalmente nuestro.
En ese lapso logramos grabar, íntegramente, el tema y una docena de variantes improvisadas. El maldito disco que veníamos pensando desde hacía meses, por fin se hizo realidad.
