No me caen bien los queltehues.
Si hubiese sabido que cinco minutos diarios de saltar la
cuerda le harían tan bien, sin duda habría comenzado mucho antes.
No digo que haya fingido, o planificado, o vaticinado su muerte. Pero si haces el ejercicio de calcular en que momento de su vida fue el maldito accidente que acabó con su salud mental te darás cuenta que tenía 27 años, 5 meses y 4 días. Si cuentas 27 años, 5 meses y 4 días después del desafortunado evento encontrarás que, justo, en ese preciso momento, se le declaró muerto. Es decir, para fines gráficos, se electrocutó exactamente en la mitad de su vida. Decir que es curioso, casual o fruto del azar, me parece un exceso de inocencia.
Sospecho que hay algo más…
- Terminemos…
Siento cosas bonitas por ti, pero…
No hay otra persona que me guste, pero…
Gracias por todo lo que has hecho por mí, pero…
No es que ya no te quiera, pero…
¿Quién sabe más adelante?, pero…
Eres una gran persona, pero…
La distancia no es el tema, pero…
Esta decisión no es fácil, pero…
Siempre tengo tiempo para ti, pero…
Sé que sientes mucha pena, pero…
Quizá podrías esperarme, pero…
Tal vez no sea el mejor momento para ti, pero…
Has pasado por cosas terribles este último mes, pero…
- ¿Pero qué?
El Subaru Justy verde de la esquina es el mismo de siempre, con ese polvo denso que hace preguntarse cada cuanto lo sacan a andar. Los árboles no han cambiado, pero se ven distintos. Mis pasos se sienten extraños sobre el asfalto, están reconociendo ese angosto pasaje al que rodean pequeñas casas de dos pisos. Las cantinelas del camión de gas me suenan ajenas, aunque las escuché por muchos años.
Hay tanto que uno puede olvidar
en tan poco tiempo. Solo basta viajar a algún país vecino en el que a uno si lo
quieran.
Estábamos filmando un comercial de un dentífrico o algo así, sin relevancia artística, pero de gran importancia monetaria. Apenas habíamos terminado cuando nos enteramos de que Gantz estaba hospitalizado.
Sabíamos que le trasladarían, no tengo certeza del lugar de origen,
pero recuerdo claramente que le llevarían a Roma. Pregunté si era posible
concertar la cita, tras un par de intentos fallidos tuve éxito. Cuando llegue
al hospital se le veía tranquilo. Recuerdo que llamó mi atención verle tocando
bajo eléctrico, un Fender de color azul profundo, conectado a un amplificador
muy pequeño.
Estaba solo en un rincón de la sala, sus ganas de conversar eran
evidentes. Intercambiamos anécdotas, me contó algunos chistes, señaló que tenía
ganas de hacer un disco completamente solista y probar sonidos nuevos. Tuvimos
un buen rato. Quería hacer una película conmigo “lo más pronto posible”.
Compartimos algunas ideas en torno a su proyecto, tenía prisa por darle forma, lo
último que dijo lo recuerdo claramente, “nunca sabes cuánto tiempo tienes”.
Me dio un abrazo y me fui de allí, una de las enfermeras esperaba a
que dejara el lugar hacía más de veinte minutos, cuando la prórroga era de,
apenas, cinco.
Nunca más volví a verle, le recuerdo con mucho cariño. Era un hombre
honesto, sencillo y extremadamente talentoso.
Un par de meses después sucedió lo que todos sabemos.
Muchas personas se preguntan acerca de mis elecciones. Las texturas que puede entregar un buen equilibrio entre luz y oscuridad son muy versátiles. Mi propuesta parece tétrica, pero no lo es. No es que sea un fanático de la penumbra y la cerrazón, es que me gusta que el espectador otorgue a la luz la importancia que se merece.
Cuando el viejo discurso estaba
cayéndose a pedazos vino el tiro de gracia, ellos se habían separado. Sin tener
a quien seguir, estaba claro que cada quien tendría que hacerse su propio
camino. El discurso estaba fraccionado y cada una de sus partes escogió un
sendero diferente. A partir de ese momento, que es hoy es una revelación, nada
fue lo mismo.
Es lo que siempre dicen…
De tanto escucharlo pensaba que
así sería. Pero no, no pensé en mi mujer, no pensé en mis hijos, no pensé en mis
padres. Ningún miembro de mi familia pasó por mi cabeza. Tampoco vi escenas de
mi niñez.
Simplemente, cuando la camioneta
se abalanzó sobre mi auto, supe que mi destino estaba sellado. No tenía sentido
intentar salir de allí. Recuerdo que de mi boca salió un sonoro: “¡¡Uffffff!!”
y que, inmediatamente, pensé en que había sido un desperdicio rechazar el plato
de lentejas que me ofrecieron a la hora de almuerzo.
Le dije que no dominaba el idioma, con desgano y cerrando la
conversación dijo, secamente, Pun Mai.
Quizá para ella lo fueran, para mí, no.
Las mismas viejas aburridas que se creen tu madre, los mediocres
de siempre, los celebrados comentarios zalameros, la desidia compartida, la irresponsabilidad reinante
ya conocida, la falta de pasión y carisma característica.
En algún momento creí que renunciar a ser parte de esa panoplia
de charlatanes podría haber sido una mala decisión.
No pude estar más equivocado.