martes, 9 de junio de 2026

Indio

Mi forma de pelear, no lo sabía en esa época, era la misma que mis ancestros tuvieron. No sabía lanzar golpes, levantar guardia o hacer esas ridículas coreografías que mis camaradas tenían por ritual antes de asestar el primer puñetazo.

Solo me quedaba esperando a mi rival para tomarlo del pecho y arrojarlo al suelo en un movimiento perfectamente coordinado que le dejaba sin opción de defenderse. La cuarta vez que me hicieron ir a inspectoría, antes de castigarme, la autoridad a cargo del orden me señaló que así, justamente, era como peleaban los mapuche.

Eso, junto a las clases de box que me obligó a tomar mi padre, pensando, erróneamente, que me darían escarmiento al integrarme con chicos, en promedio, cinco años mayores que yo, me transformaron en una amenaza inclasificable para mis compañeros de colegio.

Me veían pequeño, silencioso, desafiante, misterioso y, gracias ello, me salvé de sus arteros ataques. Los pocos que lo intentaron terminaron en enfermería con más de alguna herida, desacreditados por los maestros que no podían concebir que un niño tan diminuto pudiera derrotar a otros tanto más grandes, nutridos y de cursos superiores. En algún momento dejaron, siquiera, de intentarlo.

No obstante, mis técnicas de lucha eran vulnerables a la discriminación, el racismo y las ofensas por tener un apellido de “indio”.

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