… Llamaron y nos dieron la noticia. Se había caído de la escalera.
Dejamos el club y nos fuimos casi volando a su departamento.
Golpeamos la puerta cerca de media hora, hasta que salió con un chichón
del tamaño de una bola de golf en la frente. Evidentemente bajo la influencia
de la droga y con el aliento a resaca.
No reconocí las habitaciones. Estaba oscuro, el olor era rancio y era un
desorden inimaginable. Hicimos que se acostara y nos quedamos limpiando hasta
las cuatro de la mañana, aunque éramos tres no pudimos terminar antes.
El nombre de ella estaba escrito en las paredes, en los pisos, en el
techo en las ventanas. Con pintura, con plumones, con tiza y con todo lo que te
puedas imaginar que hay en una casa.
Fue la primera vez en que pensamos que podíamos perderle y había que
hacer algo…
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